¿Eres quien quieres ser?
Actualizado: 30 sept
No sé si alguna vez te has hecho esta pregunta.
Yo sí.
Y durante mucho tiempo no supe qué responder.
En algún momento de mi vida fui del tipo de persona que vivía su vida a través de otros. Esperaba que hicieran planes para invitarme y, si nadie lo hacía —porque naturalmente todos tenían su propia vida—, simplemente me quedaba en casa. Pero tampoco hacía nada para mí.
Los planes que tenía casi siempre los había pensado alguien más y yo simplemente estaba incluida. Debo decir que muy pocas veces tenía la iniciativa de proponer algo y convidar a alguien más.
Además, lo que hacía normalmente era un poco monótono. Rara vez hacía algo diferente. Había dejado de curiosear.
De hecho, esta es la segunda vez en mi vida que me planteo esta pregunta seriamente.
Porque creo que nuestra identidad va evolucionando con nuestras vivencias y aprendizajes, aunque nuestra esencia permanezca.
Muchas veces permití que otras personas tomaran decisiones por mí o esperaba su aprobación para tomar una definitiva. Busqué muchas veces, por no decir que todas, complacer a otros.
No pensaba en mí.
Sacrificaba mi esencia, lo que quería y lo que me gustaba por estar ahí para alguien más, hasta que por todas esas cosas… me perdí.
Ya no era capaz de disfrutar mi tiempo a solas ni de mis propias cosas. Me sentía triste y agobiada, como con necesidad de estar siempre acompañada y de hacer algo, porque hasta había olvidado mis propios gustos.
Ya no me sentía satisfecha, ni segura, ni capaz.
Estaba perdida.
No sabía quién era.
Esa nunca ha sido una pregunta fácil de responder. Incluso hablé con profesionales sobre el tema, leí mucho y empecé a indagar.
En una de tantas ocasiones, alguien me dijo: “Isa, lo que tienes es falta de identidad. Dependes emocionalmente de otras personas y de lo que te suceda para estar bien”.
Esa afirmación me permitió reconocer y aceptar el estado en el que me encontraba. Y también recordar que no era tan malo como parecía. Solo necesitaba confiar, creer y volver a mí.
Volver a permitirme crear espacios para mí, sin perfección, sin rigidez. Espacios simplemente para ser y para estar.
Entendí que me había olvidado y descuidado de mi compañía más importante en cada etapa del camino: mi relación conmigo y con Dios. Empecé por acercarme nuevamente a mí y a Él, sin necesidad de presión.
Lo hice por segunda vez.
Y quizá eso también es parte del proceso: darnos cuenta de que algunas cosas que creíamos resueltas pueden volver a aparecer, pero no necesariamente estamos en el mismo lugar que antes. Ahora podemos mirarlas con otros ojos.
Solo después de reconocerme, volver a tener una relación conmigo y aprender nuevamente a disfrutar de mí, podría hacerlo con alguien más.
Así, paso a paso, he ido retomando cosas que me gustan y también haciendo cosas nuevas, aprendiendo, curioseando y disfrutando el camino.
No tengo una respuesta definitiva para aquella pregunta.
Quizás tampoco tenga que tenerla.
Por ahora, te dejo una para ti:
¿Eres quien quieres ser?


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